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Realidad virtual y viajes: qué pasó con la revolución que nunca llegó
La promesa de viajar sin moverse del sillón
Ponerte el visor de realidad virtual, cerrar los ojos un segundo y aparecer frente a las pirámides de Egipto. Sin hacer escala en Madrid, sin cargar una valija de veinte kilos, sin rogar que la aerolínea no haya sobrevendido el vuelo. La realidad virtual y viajes parecían destinados a revolucionar nuestra forma de conocer el mundo. Pero si miramos alrededor hoy, el panorama es bastante más modesto de lo que se prometía. La tecnología existe, funciona y tiene sus usos específicos, pero seamos honestos: nadie canceló su vuelo a Europa porque encontró una experiencia 360 en la web del hotel.
Para los viajeros argentinos, que muchas veces tenemos que hacer malabares con el dólar, las restricciones cambiarias y los vuelos eternos para llegar a cualquier destino lejano, la idea de «viajar sin moverse» sonaba tentadora. Pero algo pasó en el camino entre aquella promesa revolucionaria y el presente. Y vale la pena entender qué fue, porque dice mucho sobre lo que realmente buscamos cuando hacemos las valijas.
El momento en que todo parecía posible
El punto más alto de entusiasmo por la realidad virtual aplicada al turismo llegó con la pandemia. Con las fronteras cerradas en todo el mundo, hablar de «turismo virtual» sonaba casi a estrategia obvia y con mucho sentido a futuro. Los argentinos, encerrados como el resto del planeta, empezamos a ver recorridos inmersivos por museos europeos, ciudades renderizadas en 3D, conciertos desde el sillón del living.
Las grandes tecnológicas, con Meta a la cabeza, empujaban la narrativa del «metaverso» como lo que se venía. Por un momento pareció que el viaje físico era, quizás, una costumbre que iba a volverse cada vez menos habitual. ¿Para qué gastar en un pasaje a Roma si podías caminar virtualmente por el Coliseo?
Pero cuando se abrieron las fronteras, pasó lo más humano del mundo: la gente volvió a hacer las valijas. En Argentina, ni bien se pudo salir, los aeropuertos se llenaron de nuevo. Ezeiza colapsó varias veces con la demanda de viajeros desesperados por pisar otro suelo. La realidad virtual quedó guardada en un cajón.
Los proyectos de turismo virtual que sobrevivieron tuvieron que reposicionarse rápido. Ya no como reemplazo del viaje, sino como herramienta de marketing, de educación, de accesibilidad. La promesa de «podés ir sin moverte» nunca pudo competir en serio con la movilidad física.
Realidad virtual y viajes: los usos que sí funcionaron
No sería justo decir que la realidad virtual no aportó nada al ecosistema del viaje. Solo que encontró nichos mucho más modestos de lo que se esperaba. Y para quienes planificamos viajes desde Argentina, algunos de estos usos pueden resultar bastante útiles.
Ver antes de reservar: Muchos hoteles y destinos usan la realidad virtual para que puedas recorrer una habitación o una excursión antes de poner la tarjeta. Para los argentinos, que muchas veces reservamos alojamiento en destinos que nunca pisamos y donde cada dólar cuenta, poder «caminar» por un hotel antes de comprometerte con una reserva no está nada mal.
Museos y patrimonio: Los grandes museos del mundo aprovechan la tecnología para recrear épocas o lugares que ya no existen. El Louvre, el British Museum, el Smithsonian tienen experiencias virtuales que permiten explorar colecciones de maneras imposibles en una visita física. No reemplaza estar ahí, pero puede servir para decidir qué querés ver cuando finalmente llegues.
Entrenamiento profesional: Las aerolíneas y cadenas hoteleras entrenan a su personal con simulaciones que serían demasiado costosas o riesgosas en la vida real. Esto nos beneficia indirectamente como pasajeros, aunque no lo veamos.
Accesibilidad: Para personas con movilidad reducida o presupuesto muy acotado, la realidad virtual representa al menos una ventana hacia lugares que de otro modo quedarían fuera de alcance. En un país donde viajar al exterior implica un esfuerzo económico enorme para muchas familias, este punto no es menor.
Son usos concretos y valiosos. Solo que bastante más acotados que aquella idea de reemplazar directamente la experiencia del viaje físico.
El problema no es solo el visor
La explicación fácil para el fracaso relativo de la realidad virtual en el turismo apunta al hardware: los visores son caros, incómodos y encima marean a muchos usuarios. Hay algo de cierto en esto, pero no es la explicación completa.
El verdadero conflicto es que la realidad virtual ofrece una noción de viaje que choca frontalmente con aquello que, en esencia, buscamos los turistas. Viajar nunca fue solo contemplar paisajes en alta definición. Es desplazarse con el cuerpo, enfrentarse a lo imprevisto, perderse en una ciudad desconocida, probar una comida rara, comunicarse con señas cuando no sabés el idioma.
Pensá en tu último viaje memorable. Seguramente incluye algún imprevisto: el vuelo que se atrasó y te hizo conocer gente en el aeropuerto, la lluvia inesperada que te metió en un café donde descubriste la mejor torta de tu vida, el colectivo que tomaste mal y terminaste en un barrio que no estaba en ninguna guía. Ni el tour más organizado del planeta está libre de algún problema, y muchas veces esos «problemas» terminan siendo lo mejor del viaje.
En la realidad virtual, todo está bajo control y completamente mediado. Basta con quitarse el visor para que el entorno desaparezca. No hay desfase horario, ni olores, ni tropiezos, ni esa sensación de vulnerabilidad que da estar realmente lejos de casa. Para algunos, esa asepsia puede ser comodidad. Para otros, despoja al viaje de su peso existencial, de esa fricción que lo hace genuinamente transformador.
Los argentinos tenemos fama de viajeros intrépidos, de rebuscárnosla para llegar a lugares impensados con presupuestos ajustados. Esa actitud no combina bien con una experiencia donde todo está predeterminado y no hay nada que resolver.
El smartphone se quedó con todo
Mientras el visor de realidad virtual buscaba su lugar en el mundo del turismo, otra tecnología ya se había instalado como infraestructura cotidiana del viaje: el teléfono que llevamos en el bolsillo.
La realidad aumentada, que superpone información digital sobre el mundo real a través de la cámara del celular, resultó mucho más práctica que la realidad virtual. Se pueden montar capas que enriquecen la experiencia en destino sin pedirte que compres nada nuevo: apuntás la cámara a un monumento y aparece su historia, seguís una ruta geolocalizada y se suma contenido interactivo, el museo agrega capas digitales a sus salas físicas.
Para los viajeros argentinos, el smartphone ya es parte inseparable del viaje. Lo usamos para traducir carteles, para encontrar el restaurante más cercano, para no perdernos en ciudades donde no entendemos ni los nombres de las calles. La realidad aumentada se integra naturalmente a ese uso, sin requerir hardware adicional ni aislarnos del entorno.
Ahora la inteligencia artificial generativa empieza a meterse también en la planificación de viajes. Las herramientas de IA pueden armar itinerarios, sugerir destinos, recomendar lugares a visitar. Tienen sus limitaciones, claro: tienden a «alucinar» y pueden inventar datos falsos sobre destinos, horarios de apertura que no existen o restaurantes que cerraron hace años. Pero de todas maneras, los viajeros pueden generar en pocos segundos mapas y recorridos completos que antes hubieran requerido horas de investigación.
Si vas a usar estas herramientas para planificar tu próximo viaje, tomátelo como un punto de partida y chequeá siempre los datos que más te importen. Pero es innegable que cambiaron la forma en que muchos organizamos nuestras escapadas.
Cómo llegar desde Argentina a destinos que antes solo veías en realidad virtual
Paradójicamente, mientras la realidad virtual prometía acercarnos destinos lejanos sin movernos, lo que realmente cambió en estos años fueron las opciones para llegar físicamente a esos lugares desde Argentina.
Si soñás con las pirámides de Egipto, podés volar desde Buenos Aires con conexión en ciudades europeas como Madrid, Roma o París, o a través de hubs del Medio Oriente como Dubai o Doha. El viaje es largo, pero es real.
Para los museos europeos que ofrecen tours virtuales, nada supera caminar por sus pasillos en persona. Desde Ezeiza hay vuelos directos a Madrid, Roma y Barcelona, y desde ahí podés moverte por todo el continente en tren o con aerolíneas low cost.
Los destinos asiáticos requieren más logística, pero son cada vez más accesibles. Conexiones por Estados Unidos, Europa o con las aerolíneas del Golfo permiten llegar a Japón, Tailandia o Vietnam en viajes de entre 24 y 30 horas.
La clave para los viajeros argentinos sigue siendo la flexibilidad con las fechas, la anticipación en las reservas y la paciencia para encontrar las mejores tarifas. El viaje virtual no requería nada de esto, pero tampoco entregaba lo que realmente buscamos.
Lo que necesitás saber antes de planificar tu próximo viaje
Si estás pensando en tu próxima escapada, hay algunas cosas que vale la pena tener en cuenta, más allá de las promesas tecnológicas que van y vienen.
La tecnología es herramienta, no destino: Usá las apps, los tours virtuales, las guías con realidad aumentada y la inteligencia artificial como lo que son: ayudas para planificar y enriquecer tu viaje. Pero no dejes que reemplacen la experiencia de estar ahí.
Los recorridos virtuales sirven para decidir: Antes de reservar un hotel caro o elegir entre dos destinos, los tours 360 pueden darte una idea más clara de qué esperar. Aprovechalos para eso.
El celular es tu mejor aliado en destino: Cargá las apps que necesites antes de viajar, descargá mapas offline y familiarizate con las herramientas de traducción. Vas a usarlas más que cualquier visor de realidad virtual.
Dejá espacio para lo imprevisto: Los mejores viajes incluyen momentos no planificados. No llenes cada segundo del itinerario ni dependas completamente de la tecnología para guiarte. A veces perderse es la mejor forma de encontrar algo memorable.
Documentación al día: Esto no cambió con ninguna tecnología. Revisá que tu pasaporte tenga vigencia suficiente, chequeá los requisitos de visa del destino que elegiste y llevá siempre copias digitales de tus documentos importantes.
Por qué seguimos queriendo estar ahí de verdad
La promesa de desmaterializar la experiencia de viaje chocó contra algo muy simple: lo que nos mueve como turistas es el deseo de estar de manera física en otro lugar. No es solo ver las pirámides, es sentir el calor del desierto. No es solo recorrer un museo en 360 grados, es pararte frente a una obra que viste mil veces en fotos y descubrir que es más grande, más chica o más impactante de lo que imaginabas.
Eso no significa que la realidad virtual no tenga un rol en el futuro del turismo. Puede ser clave para aliviar la presión sobre destinos frágiles que sufren el overtourism, para facilitar el acceso a cierto tipo de patrimonio a personas que no pueden viajar, para ayudar a tomar decisiones de viaje más informadas. Pero al menos por ahora, tanto la industria como los viajeros la usan como complemento, no como sustituto.
Para los argentinos, que muchas veces tenemos que esperar años para poder hacer ese viaje soñado, la realidad virtual puede ser un consuelo temporal o una forma de alimentar las ganas. Pero cuando finalmente juntamos los pesos, sacamos el pasaje y cruzamos la puerta de embarque, ninguna experiencia virtual se compara con ese momento.
La pregunta no es si algún día «dejaremos de viajar» gracias a la tecnología. La pregunta, más interesante y más honesta, es cómo vamos negociando en cada viaje entre el deseo de estar realmente ahí y todas las mediaciones que elegimos para imaginar, planificar, compartir y recordar lo que vivimos. El visor de realidad virtual es solo una versión más de esa negociación. Aunque el teléfono que no soltamos ni en la playa ya le lleva años ganando la pelea.
Así que si estás dudando entre ponerte un visor o sacar un pasaje, ya sabés cuál es nuestra recomendación. La realidad virtual puede esperar. El mundo real, no tanto.
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