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El Teatro Colón no es solo ópera: por qué este palacio porteño te va a dejar sin palabras

Si creés que el Teatro Colón es solo para amantes de la ópera, te equivocás. Este templo de la cultura porteña es una experiencia que todo viajero argentino debe vivir al menos una vez, aunque sea por su arquitectura monumental.

Cuando pisás el foyer del Teatro Colón, sentís que atravesás un portal hacia otra época. Las escaleras de mármol, los espejos venecianos, los vitrales que filtran la luz de la tarde: todo te susurra que estás en un lugar sagrado. Y no es exageración. Esta sala ubicada en el corazón de San Telmo es una de las más importantes del mundo, al mismo nivel que la Scala de Milán, la Ópera de París y el Metropolitan de Nueva York. Pero acá, en Buenos Aires, se construyó con el orgullo de un país que quería demostrar que la cultura argentina merecía competir con Europa.

De sueño a realidad: cómo nació la catedral de la música argentina

El Teatro Colón no es solo ópera: por qué este palacio porteño te va a dejar sin palabras

La historia del Colón es la historia de la Buenos Aires ambiciosa del siglo XIX. La primera sede funcionó desde 1857, pero en 1888 fue cerrada porque la ciudad quería algo más grandioso. Tardaron 20 años en construirlo. El 25 de mayo de 1908 se abrieron las puertas con una función de Aida, la ópera que representa el triunfo y la eternidad. No fue casualidad.

Lo que hace especial al Teatro Colón es que no solo contrata compañías extranjeras. Desde 1925 tiene sus propios cuerpos estables: orquesta, ballet y coro. Eso significa que podés ver producciones íntegramente argentinas, creadas y ejecutadas acá, con la calidad de cualquier teatro europeo. Los talleres de producción son tan especializados que el teatro prácticamente crea sus propias obras de arte.

Cuando las leyendas pisaron este escenario

El Teatro Colón no es solo ópera: por qué este palacio porteño te va a dejar sin palabras

Enrico Caruso, María Callas, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti. Vaslav Nijinski, Margot Fonteyn, Rudolf Nureyev. Arturo Toscanini, Herbert von Karajan. Si sos un poco melómano o amante de la danza, estos nombres te harán temblar. Y todos, absolutamente todos, cantaron o bailaron en el Colón. Richard Strauss dirigió sus propias composiciones acá. Compositores de todo el mundo viajaban a Buenos Aires para supervisar los estrenos de sus obras en este teatro. Eso es poder cultural.

La sala principal tiene forma de herradura, como los teatros clásicos italianos y franceses. Los palcos trepa hasta el tercer piso. La acústica es tan perfecta que desde cualquier butaca, las notas más delicadas llegan claras. La arquitectura es pensada para que el sonido viaje como debe. No es magia, es ingeniería del siglo XIX elevada a arte.

Cómo visitarlo hoy (más allá de ver una función)

El Teatro Colón no es solo ópera: por qué este palacio porteño te va a dejar sin palabras

Si no tenés presupuesto para una noche de ópera –que puede salir en dólares–, andá a una de las visitas guiadas que ofrece el teatro. Recorrés los pasillos, los camerinos, el escenario, y un guía te cuenta anécdotas que no encontrás en ningún lado. La restauración de 2010 devolvió el edificio a su esplendor original. Cada detalle brilla.

El Teatro Colón es un orgullo que nos pertenece. Es la prueba de que Buenos Aires fue una capital cultural de verdad, capaz de albergar a los artistas más importantes del mundo. Cuando te pares en esa sala con forma de herradura, cuando mires los palcos dorados y escuches el sonido perfecto reverberando, vas a entender por qué durante 116 años este teatro define la música y la danza en Argentina. No es solo un edificio. Es la memoria viva de nuestra grandeza cultural.

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